• Fauno

CAPÍTULO II


Franz se sintió atraído al mundo de las artes marciales gracias al cine, pues en la década de los 80’s además de atuendos ridículos, lentes de sol en forma de estrellas y televisión a color de mala calidad, las artes marciales se hicieron muy populares. Películas como “El Karate Kid”, “Contacto Sangriento” y “El Último Dragón” de Bruce Lee (Quién había muerto años antes) hacían que la gente, en especial los más jóvenes, se entusiasmaran con la idea de que las artes marciales eran algo accesible y hasta cierto punto fácil de realizar.


Franz y Paula se inscribieron a su primera clase de taekwondo a los cinco y cuatro años respectivamente, sin siquiera saber que era taekwondo lo que estaban practicando. Tuvieron la mala suerte de ver en una de sus primeras clases al profesor ayudando a estirar a otra alumna, sin embargo el tacto del profesor aquel era tan suave como el de un dinosaurio del cretácico superior y los ejercicios de elasticidad eran más parecidos a los de un interrogatorio de la Santa Inquisición que a cualquier otra metodología del entrenamiento socialmente aceptable. Después de tan peculiar espectáculo, los hermanos Vuehaca salieron de ahí sin despedirse, sin remordimiento ni culpa, y sin mirar atrás.


Los años siguientes fueron años de infancia feliz, es decir, de comer sin medida y ver televisión toda la tarde, aunque la felicidad se acabó el día en que la señora Vuehaca confundió a sus niños con ositos tiernos del bosque que se habían metido a la casa. La reacción inmediata de la señora fue esconder la comida, ponerle llave a la alacena y llevar a sus hijos al centro de nutrición más cercano.


La doctora que atendió a los hermanos Vuehaca era una señora de tez morena, más o menos joven, de baja estatura… Y gorda. Este último detalle tenía a Franz muy preocupado, pues tenía la falsa idea de que los nutriólogos venden imagen en vez de conocimientos. Todos se esperaban una dieta a base de agua y medio brócoli al día, pero para sorpresa de todos, la doctora resultó ser una persona que entendía muy bien que los niños siempre serán niños (Aunque parezcan osos), así que no les prohibió comer chocorroles a los hermanos, podían consumirlos una vez a la semana, sin embargo sí hizo hincapié en que el día que los consumieran, deberían de hacerlo sin enrollarles tocino.


Los hermanos Vuehaca salieron del consultorio no muy felices, excepto Beth, pues era la única que no sufría de obesidad infantil y la única que no iba a empezar un régimen alimenticio… También era la única que, por su edad, no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando.


-¿Qué vamos a comer hoy mamá?

-Lechuga.

-¿Otra vez?

-Y todas las veces que sean necesarias para que desaparezca esa panza.

-¿Me puedo comer una galleta?

-¡NO!

-Nada más una…

-¡Qué no, carajo!


La escena siguiente era la de uno de los hermanos Vuehaca intentando romper la dieta, seguida invariablemente de una chancla voladora cuya efectividad y precisión superaba con creces la de los misiles tomahawk usados en la guerra de Irak.


La dieta parecía un reto mayor para la madre que para los niños, sin embargo, después de varios chanclazos y algunos meses de batallar con ambas criaturas (En el sentido Lovecraftniano de la palabra), la dieta empezó a rendir sus frutos.


Una vez cumplido el primer paso hacia una vida saludable, seguía un reto mayor: buscar una actividad física.


Continuara…




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