• Fauno

22 de febrero...


Foto: Ale Gaál.

Era 22 de febrero.


Habían pasado cinco años desde que decidió retirarse de las áreas de competencia para poder hacer una vida normal, sin embargo durante el último semestre que había pasado teniendo una vida común y corriente de dio cuenta de que las vidas normales no existían, no había tal, quizá siempre estuvo equivocado.


Esa noche no estaba en casa. No estaba en la calle tampoco. Estaba en una casa que no era la suya. Había salido de la regadera con la mente en blanco como cualquier otro ser humano que no tiene planes en un miércoles por la noche, excepto claro, por el hecho de que iba a dormir en una cama que no era la suya.


Eran pasadas las 11 y mientras se secaba el cuerpo en un cuatro contiguo para no hacer ruido, recibió un par de mensajes, mensajes que no alcanzó a distinguir en la pantalla borrosa del celular porque la vida normal a los 30 años y la miopía son una muy mala combinación a esa hora. Se acercó a su teléfono y guiñó los ojos para poder enfocar:


Prof. José Luis Onofre:

Amigo

Ya sabes que falleció Gato?


El siguiente mensaje era una nota periodística que firmaba una reportera con la que él ya había tenido algunos roces en el pasado, así que por un segundo dudó de la veracidad de la misma...


Conteniendo el shock y con la mano temblorosa marcó el número de Onofre...


-Bueno...


Por un segundo, la voz que contestó el teléfono parecía la voz de Pedro Gato, en ese mismo lapso de tiempo miles de pensamientos cruzaron por su mente: “quizá se reconciliaron, me llaman para darme la noticia, para invitarme a un evento, para decirme que estaban trabajando juntos de nuevo, me están jugando una broma...”


-Bueno... Chava... ¿Estás ahí?


Esa segunda vez que escuchó la voz del teléfono lo entendió todo...


-Bueno... Chava... ¿Sí me escuchas?

-¿Qué pasó, prof?

-Pues lo que te mandé, amigo.

-¿Pero cómo? ¿Por qué? ¿Qué pasó?

-Lo operaron de una rodilla, estaba en su casa y se desvaneció. Al parecer fue un coágulo, pero no tengo la información exacta.

-¿En dónde está ahorita?

-Me parece que llega en un rato a la funeraria, pero no sé la dirección, quedaron de avisarme.

-Avíseme a mí si sabe algo más...

-Cuenta con ello.


La pared detuvo su caída. Lo único que se le ocurrió fue agarrar el teléfono y marcar otro número:


-Bueno...

-Wey, se murió Gato.

-¿Qué?

-Se murió Gato.- Esta segunda frase ya no la pudo decir completa.

-¿Cómo?

-No sé. Perdón por llamarte así, ahorita, no se me ocurrió otra cosa.

-Wey, tranquilo...

-...

-No mames. Trata de calmarte... No puedes hacer nada, nadie puede hacer nada. Trata de calmarte.


“Nadie puede hacer nada”


Después de colgar el teléfono se quedó sentado en el piso, con los ojos abiertos, rojos, viendo al frente sin ver nada, con la mente en blanco como cualquier otro ser humano que no tiene planes en un miércoles por la noche, excepto claro... Atender a un funeral.


Se fue a acostar en silencio. Dos veces se levantó sobresaltado y la tercera vez no pudo contener el llanto.


-¿Estás bien?

-Sí, todo bien.

-¿Seguro?

-Seguro.

-No es cierto, no me mientas.

-Me avisaron hace rato que acaba de fallecer un entrenador que tuve cuando estuve en el Comité.

-¿Y eran muy cercanos?


No contestó.


Amaneció y volvió a oscurecer.


Él todavía no se decidía si ir o no a la Ciudad de México, no es un hombre muy sociable, casi no sale, casi no va a fiestas, mucho menos a funerales. Su cabeza debatía el hecho de asistir o no, nunca había entendido esa convención social, se supone que al funeral se asiste para acompañar a los deudos, pero él no los conocía y de hecho se sentía de cierta forma como uno de ellos. La muerte no le era ajena, como no lo es para nadie, pero los familiares que había perdido había sido cuando era muy niño, antes de que su cabeza pudiera debatirse el hecho de asistir o no a su funeral, otros familiares se habían ido mientras él estaba de viaje, la suerte le ahorraba el trámite de los velorios. Perdió a Lola, su mejor amiga, mientras estaba de vacaciones en París sin boleto de regreso y con un llavero de la torre Eiffel que decía “María Dolores” guardado en su maleta y que jamás entregó. No era ajeno a la muerte, pero tampoco la había vivido de cerca.


Bajó de un autobús en la central del norte y tomó un taxi rumbo a la funeraria, con la mente en blanco. Pidió que lo dejaran en la esquina y después de dos pasos estuvo a punto de caminar en la dirección opuesta. Seguía siendo algo que no quería enfrentar “¿por qué no estoy en París?” pensaba mientras caminaba hacía la entrada de la funeraria sintiendo las piernas blandas.


Entró.


Antes de poder preguntar cualquier cosa vio al hijo del profesor Gato parado en la escalera y él lo vio de de vuelta...


-Chava, gracias por venir. -Le dio un abrazo como si se conocieran de años.

-Lo siento mucho.


Entró.


Había muchas caras que le resultaban familiares, pero nadie a quien realmente conociera. Se sentó en un sofá que estaba solo. Al fondo había un ataúd. Se quedó sentado sin decir nada.


Gente entró, gente salió. Seguía sin conocer a nadie.


De repente llegaron dos de sus ex-compañeros. Platicaron poco, se abrazaron, él jamás se levantó del sofá. Sus compañeros se fueron, no sin antes pasar a ver el féretro que estaba descubierto: ella empezó a llorar, su otro compañero la abrazó y le dijo algo... “Nadie puede hacer nada”, quizá... Él seguía ahí sentado, con los ojos abiertos, rojos, viendo al frente sin ver nada, con la mente en blanco...


La funeraria se vació. Sólo quedaron él, el hijo de Gato, su esposa y otra mujer a quien le decían la tía. Los deudos.


Se quedó dormido en el sofá hasta que llegó Emilia, como a las 3 de la mañana. Platicaron bastante: ella porque tenía exactamente cinco años sin verlo, él porque platicar en esa situación era como anestesiar el dolor. Emilia se quedó dormida. La anestesia pasó.


Se levantó del sofá por primera vez en toda la noche y se paró de frente al ataúd decidido a enfrentar la realidad, sabía perfectamente que nadie podía hacer nada. Después de dos pasos estuvo a punto de caminar en la dirección opuesta... Pero no, tenía que ser un hombre al respecto, o al menos ese era el consuelo que él mismo se daba mentalmente.


Ahí estaba. Era él. Jamás fue una broma, sólo que aquí no había pared que lo sostuviera. Esta vez no le regresaron la mirada.


“No puedes hacer nada, nadie puede hacer nada”.


Salió sin despedirse de nadie, porque de alguna manera le parecía que era lo justo. Caminó hasta la central de autobuses, con la mente en blanco, pero con lágrimas cayendo al piso.


Antes de subirse al autobús lo único que se le ocurrió fue sacar su celular y escribir un tuit:


“Esta ciudad sólo trae dolor”.


Amaneció y volvió a oscurecer, 730 veces.


Pasó un 22 de febrero...




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